El botox es seguro, pero los especialistas denuncian algunos abusos en su aplicación - Centro Médico Prada

El botox es seguro, pero los especialistas denuncian algunos abusos en su aplicación

El botox es seguro, pero los especialistas denuncian algunos abusos en su aplicación

Me inyecté botox una vez y no me fue demasiado bien. Sentía mi cabeza muy pesada, creo que eso hace a las mujeres más viejas y más severas de expresión». Estas declaraciones de Jennifer Aniston, protagonista de la serie Friends, contradicen a las que suelen hacer la mayoría de personajes conocidos que admiten haberse pinchado toxina botulínica de uso cosmético, pero reflejan a la perfección que, como cualquier otro medicamento (y el botox lo es), puede presentar efectos negativos y complicaciones.

En el caso de este fármaco, los perjuicios son temporales, casi nunca revisten demasiada gravedad y son reversibles en ciertos casos urgentes (dificultad respiratoria, ojo seco, caída del párpado, asimetrías faciales graves…). Éstos se derivan de una mala técnica al aplicarla, de una indicación inadecuada o de su uso por parte de personal no cualificado.

«Los especialistas tenemos la sensación de que ciertos colectivos profesionales y el público en general ha perdido un poco el respeto a este producto que, por otro lado, es fantástico si se administra bien, pero puede llegar a ser peligroso si no cae en buenas manos», resume Concha Obregón, vocal de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME). Y es que, al fin y al cabo, la toxina botulínica es uno de los venenos más potentes que existen.

Hace dos meses, el Consejo General de Dentistas denunció a una conocida clínica de medicina estética porque, según su demanda, estaba inyectando toxina botulínica (el popular botox) para solucionar casos de sonrisa gingival; la que deja ver parte de la encía.

El citado centro sanitario negó las acusaciones y aclaró que los pinchazos del producto no se llevan a cabo en los labios porque está expresamente prohibido por la ley y que en realidad se practicaban en el músculo elevador del labio superior (justo debajo de la nariz) para evitar que éste suba y deje al descubierto esta zona de la boca.

En todo caso, el organismo representante de los odontólogos aprovechó para sacar a la luz muchos usos indebidos de este medicamento y los riesgos que ello puede conllevar. Además, hicieron un llamamiento claro a la ética de los integrantes de su gremio, recordándoles que no pueden usar la toxina.

«Intentan atraernos, de manera indirecta, a través de las publicaciones que recibimos, para que lo pongamos en los labios como parte complementaria de los tratamientos protésicos o con carillas dentales y así mejorar el aspecto general de toda la cara», relata el odontólogo Hernán Giampieri desde su consulta, ubicada en Madrid.

«Es cierto que pequeñas dosis de toxina botulínica pueden rematar estupendamente un tratamiento dental al darle más armonía al rostro. Tú como especialista debes sugerirlo, pero de ahí a que sea el propio dentista el que lo aplique va un abismo; no es suficiente con ser médico, además hay que estar específicamente formado para pinchar botox», añade Giampieri.

Y es que, aunque la forma natural de la toxina botulínica es uno de los venenos más potentes que se conocen -es el responsable del botulismo; una patología que acaba con la vida de la víctima en pocos minutos si no se aplica el antídoto adecuado-, su purificación en el laboratorio ha logrado uno de los productos farmacológicos más versátiles y seguros que se usan hoy en día en medicina.

USO MÚLTIPLE

Aunque quizá sus aplicaciones más conocidas están relacionadas con el campo de la medicina estética, este preparado se emplea también para solucionar alteraciones neuromusculares como la espasticidad (rigidez de los músculos), incluso la pediátrica; la distonía (contracciones musculares involuntarias); la hiperhidrosis palmar (sudoración excesiva de las manos); los espasmos faciales (tics) y la tortícolis severa.

Además, se están obteniendo muy buenos resultados en el tratamiento de la vejiga hiperactiva (deseo repentino y continuado de orinar; un trastorno que se da en personas mayores con relativa frecuencia), la migraña (aunque en este área hay investigaciones de resultados contrapuestos), el estreñimiento crónico idiopático (de origen desconocido) y las cicatrices faciales que repercuten en desequilibrios de grupos musculares.

Todo esto «te da una idea del margen de seguridad que tiene el preparado. Se pueden aumentar las dosis recomendadas hasta sesenta veces [en medicina estética], algo que no ocurre con ninguna otra sustancia farmacológica», explica Ricardo Ruiz, jefe de la Unidad de Dermatología de la Clínica Ruber y director de la Clínica Dermatológica Internacional.

Eso sí, esta seguridad está garantizada siempre que la toxina se maneje con cuidado, se aplique para lo que realmente está probada su eficacia y se haga por parte de personal cualificado. «Una cosa es lo que se presenta en los congresos o se sugiere en las investigaciones de diversas áreas médicas y otra muy diferente aplicar el producto en la consulta; ahí hay que apelar a la prudencia y al buen criterio del profesional», afirma Concha Obregón.

«Las normas son muy claras al respecto», especifica la especialista. «Las consejerías de sanidad autorizan a los médicos que inyectan botox de forma individual [no a clínicas ni a centros concretos], y por un periodo de cinco años que hay que renovar obligatoriamente. Hay que cumplir con las exigencias de los depósitos de farmacia, aplicarlo en un entorno sanitario adecuado y provisto de un equipo para la eliminación del sobrante y los residuos… hay muchas garantías legales, pero igual que con cualquier acto médico, hay que cumplirlas», apunta.

Sin embargo, todo parece indicar que no se está siendo demasiado estricto, especialmente en medicina estética, un sector sanitario constantemente invadido por miembros de otras profesiones relacionadas con la belleza y la cosmética y en el que suele abundar la percepción de que todo es inocuo.

«Hay determinadas prácticas, como las denominadas botox party [reuniones de amigas para hacerse tratamientos o retoques mientras meriendan o comparten confidencias], la inyección en peluquerías y centros de estética, o el hecho de que un supuesto especialista pase de vez en cuando por las casas o las consultas haciendo tratamientos con botox a pacientes que, literalmente, están sentadas en fila que resultan aberrantes y un insulto para la profesión», zanja la doctora Gema Pérez Sevilla, cirujana maxilofacial y jefa del Departamento de Rejuvenecimiento Facial del Instituto Médico Láser (IML).

«Afortunadamente, la cultura mediterránea, amante de la naturalidad y la gestualidad, nos ha hecho reducir progresivamente las dosis para huir de esas caras de muñeca tan comunes al otro lado del Atlántico, pero hasta que se ha adaptado la técnica, hemos visto muchos párpados caídos, bocas torcidas, cejas descolocadas y rostros inexpresivos», admite el doctor Ruiz.

Por el contrario, «en patologías neurológicas o alteraciones musculares tenemos la sensación de que la toxina botulínica se aplica con más precaución y se informa mejor de las complicaciones y efectos secundarios; además, los pacientes sufren enfermedades y trastornos de cierta gravedad, lo que obliga a tener especial cuidado con ellos», relata Marcelo Sánchez, fisioterapeuta madrileño especializado en la rehabilitación de patologías neuromusculares, acostumbrado a tratar pacientes que, además de sus cuidados, reciben inyecciones de esta sustancia.

Pero no todas las opiniones son tan benévolas. «Las dolencias neuromusculares y los trastornos susceptibles de ser tratados con este medicamento provocan una desesperación en los pacientes que a veces hace que les traten como a conejillos de indias y no se observen todas las precauciones; hay muchos desalmados que prometen quitar el dolor o ciertas parálisis con botox y realmente no tienen ninguna base científica, ni siquiera a nivel experimental», relata María Huerta, portavoz de la Asociación de Pacientes de ATM; siglas que designan el conjunto de dolencias que afectan a la articulación de la mandíbula y que constituyen un caldo de cultivo perfecto para el uso indebido del botox.

RESPONSABILIDAD

Tanto si se va a destinar a estética a paliar alguna patología, los especialistas consultados por SALUD coinciden en apelar a la responsabilidad del profesional.

«Muchas veces hay que saber decir que no y explicar que lo que le ha ido bien a un conocido, a un amigo o a un familiar puede no ser lo más adecuado para su caso», explica Gema Pérez.

También hay que aclarar que , a pesar de que se tiene conocimiento de que se está utilizando para tratar los gemelos demasiado marcados, para subir el pecho o para disimular las arrugas del entorno de la boca (el denominado código de barras), el botox no es una suerte de purga de Benito.

«Ni es para todos los pacientes ni vale para todas las arrugas; en la mayoría de los casos hay que hacer tratamientos complementarios con el objetivo de lograr un resultado armónico y satisfactorio», explica Ricardo Ruiz. Y es que la toxina botulínica no es un billete para retroceder en el tiempo o frenar en seco el proceso de envejecimiento, sino un elixir para presentar una apariencia mejor, a pesar de la edad.

«Relaja la musculatura para que las arrugas se marquen menos, pero no se plancha la cara; es difícil explicarle a un paciente que le vas a suavizar 12 arrugas de las 20 que tiene porque de lo contrario le quedaría una cara rara, pero nuestro cometido también es hablar, no sólo pinchar y no se puede decir que sí a todo», añade la experta de IML.

CLAVES DE BÚSQUEDA

  • Acreditación. El primer requisito para usar esta toxina es ser médico. Además, hay que completar un curso de formación específico para aplicarla. Exija esta titulación.
  • Consulta. Las instalaciones han de ser las propias de un entorno sanitario. El producto tiene que estar bajo llave, conservado a cuatro grados. Los residuos se eliminan según la normativa vigente y el sobrante se desecha. Desconfíe de los que pinchan de forma ambulante o de las reuniones para hacer terapias a granel.
  • Personalización. Cada paciente es distinto y el especialista debe diseñar el tratamiento después de hacer una amplia historia clínica, valorar el caso, comentar los riesgos y hacer que el paciente firme un consentimiento informado.
  • Precio. La materia prima y sus condiciones de aplicación no son baratos. Es sospechoso que un tratamiento con botox para el tercio superior del rostro cueste menos de 400 euros.

Fuente: El Mundo 02.04.09

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